jueves, 11 de abril de 2013

Perdiendo la fe

5 Meses.

Nada más ni nada menos que 5 meses pasaron desde aquella tarde en la cual la casa de Tía Luisa se llenaba de agua. 5 meses y ni noticias de Norma. 5 Meses en los cuales Renata había vuelto a ser Renata, 5 Meses los que todo regresaba a la normalidad. Es por eso que por fin los objetos de Ester se guardaban en una caja, aparentemente para no volver a salir.

5 Meses sin nada de que preocuparse. Hasta que ocurrió.

Una noche como cualquier otra, una noche alegre en la cual Juan y Renata se disponían a ver una películas  comer helado y tener sexo. La joven pareja reía alegremente cuando un disparo rompió la paz de la habitación, inmediatamente se dirigieron a comprobar que Max estuviese bien, y lo estaba. Entonces salieron. Y junto a un grupo de vecinos admiraban como los agentes de la policía y una ambulancia se llevaban el cuerpo inerte de uno de los vecinos menos conocidos en la avenida Los Olmos. Jaime Vergas. Un viejo ya cansado de vivir aparentemente. aunque era raro que Vergas no haya dicho nada. Vergas tenía hijos, una esposa, una familia normal. Todos vivían en la capital. y hace unos días Vergas vino solo a el pequeño pueblo y se encerró en la casa que tiene junto a su mujer en la avenida Los Olmos. Jaime no habló con nadie, no salía prácticamente de la casa. Y ahora está muerto. Una triste historia.



-Gente enferma esta (dice Lorna Pérez mientras observa el cuerpo de Vergas ser llevado por la ambulancia)

-Gente enfermisima señora, podría haber hablado con cualquiera de nosotros, lo hubiéramos apoyado sin ningún problema. (replica Ricardo Montes [Richy para los amigos], recién llegado de Hawái junto a un joven  isleño)

-Seamos sinceros nadie lo hubiera ayudado aunque hubiera pedido ayuda (aclara Max cuando el cuerpo ya esta en camino al hospital)

-Vos seguro que no lo hubieses ayudado, chanta, pero nosotros somos gente bien.

-Mire Lorna, no me joda, vaya a cantarse esas zambas que usted canta y déjeme de romper los huevos a mí.

-Que maleducado que está últimamente Máximo, tendría que ir a ver un psicólogo o va a terminar como el vecinito que se acaban de llevar (dice de mala manera Lorna, terminando la frase con una carcajada para luego retirarse a su casa)

Los vecinos de la avenida Los Olmos se van yendo acia sus casas, con cara triste, en piyama al igual que cuando llegaron. Todos volvieron a su noche habitual menos Max, él se quedó pensando, quieto, paralizado, lo que Lorna le había dicho era real, necesitaba un psicólogo. La sola idea de contarle sus intimidades a un desconocido le daban nauseas, pero... ¿Y si el psicólogo en cuestión no era un desconocido? Eso lo cambiaría todo...

Las 10 de la mañana, Max sentado en uno de los sillones más viejos y duros que toco en su vida. frente a él, Lorna, su vecina, hoy, la psicóloga.

Lorna vivía en la avenida Los Olmos desde mucho antes que Max, ella estaba frente a la casa cuando el muchacho llegó con los de la mudanza, tres semanas después lo invitó a comer una torta. Esa noche Lorna llegó a la casa de Max golpeada, llorando, su marido la había dejado tras contratar a un detective privado y averiguar que Lorna tenía una aventura con su secretaría. Lorna era lesbiana, lo había sido desde siempre. Pero la sociedad le exigía casarse y tener hijos, así que lo hizo. Estudió psicología en busca de una solución a su "problema". Pero no la encontró...

Hoy Lorna se transformaba en la consejera de Max (según él el termino psicóloga lo hace sentir loco, así que consejera es lo más adecuado).

Renata levanta la ropa sucia, la lleva acia el lavadero, pero a la mitad del camino una tarjeta cae al suelo, una entrada a un bar nocturno cayó del pantalón de Juan. Renata se sienta en una de las sillas del living, llora, se toma la panza, tiene miedo de que Juan la engañe, tiene miedo de que su hijo no tenga un padre.

Las noticias se terminan en la radio y la música comienza.

Marta - Ricardo Arjona


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